Haciendo repaso, mi memoria recorre los años oscuros del tardofranquismo, y pasando por la España del ingreso en Europa y el 92, llega a estos días pestilentes.

Divagando hay una imagen que no me quito de la cabeza. Es algo que imagino, que no he visto pero cualquiera estará de acuerdo en que seguro que ha sido real muchas veces. Imagino a los cinco becerros de La Manada cantando “yo soy español, español,…”.

No se ofenda nadie, no estoy diciendo que todo el que canta eso, viendo ganar a la selección o a Rafa Nadal, es un agresor sexual (antes violador). Podría ser incluso que no fuera más machista que la media. A lo que me refiero es a que hay una imagen estándar creada interesadamente de España y de lo español que incluye un paquete de ideas, símbolos, formas de estar, de vestir, conductas de contenidos muy concretos, que poco tienen que ver con lo que define normalmente a los franceses, italianos, o estadounidenses tipo, por poner un ejemplo.

Tan compacto es ese paquete ideológico que llegamos a deducir, por ejemplo, que quien es taurino, es también cofrade, o viceversa. Deducimos que quien es animalista no puede ser muy española. Sí, en femenino, porque ser mujer animalista es mucho más frecuente. Tampoco es muy español ser pacifista. Lo español, acuñado a sangre y fuego en el imaginario colectivo, está más cerca de ser un novio de la muerte, de emocionarse ante el desfile legionario, que de salir gritando No a la Guerra. Tampoco, por supuesto, para el estereotipo, parece muy español creer que hay diversas formas de ser español, ni que se puede ser algo antes que español en alguna parte del territorio. Nada de plurinacionales, uninacionales, muy católicos sin excluir votar a quien pide un volquetes de putas. También, por último, no es casi nada español, ser feminista. Lo español tradicional para la mujer española debe ser una adaptación a los tiempos de la sección femenina.

Si esto es así es gracias a la labor de la mayoría de los púlpitos y de quienes se creen herederos de la supremacía hispana. Los franquistas que crearon a Franco, perfilaron la definición de lo que es, o no es, ser español. Una idea de España que viene establecida por siglos de matar al diferente, porque siempre venció, reprimió la idea de quienes han creído en otras formas de ser española o español. Esos herederos son hoy, claramente, quienes dirigen el PP y Cs, aunque en Andalucía, además, se suma el Susanismo.

Es tan fuerte esta imagen estándar, que cuesta asumir y construir otra. Es tan fuerte que, sin ser ni mucho menos ya la España real, se impone sin esfuerzo. Es esa pantomima de idea de país, la que rechazan, hasta el punto de querer irse, una parte de los catalanes.

Urge, creo que nadie decente debería dudarlo, construir un nuevo ideal de España. Un ideal que late hoy en las calles, en los millones de personas decentes, por encima de definiciones trasnochadas. Sean o no cofrades, futboleros, o lectores de poesía. Tengan los gustos que tengan, debemos construir el ideal de España de los que, por encima de otras cosas, coinciden en que sí respetan la ley que se soporta en la justicia, y en el orden que da soporte a los Derechos Humanos. Porque nadie necesita más esa ley y ese orden que los que casi nada tienen, la inmensa mayoría hoy expuesta a la zozobra de no saber qué será mañana de los suyos. Sólo en las leyes justas pueden basar hoy su esperanza.

El nuevo ideal de España será el de los que creen en la democracia real, esa que permite, además poder eligir a personas confiables, conocidas, a quien cumple y no a las siglas que mejor engañan, incentiva poder participar y construir propuestas, cada día.

De esa España, de ese ideal en el que debemos creer, de un nuevo país que está siempre en gestación, de una utopía imprescindible que siempre tuvo gentes que la defendimos, de esa matria que se parirá a sí misma con esfuerzo pero con alegría, seguro que seremos muy españolas y muy españoles.