Tras ocho años de políticas neoliberales inflamadas por la retórica ultraconservadora española; tras cuarenta años de Democracia y Constitución pálidas y demacradas; tras el tsunami de las sucesivas crisis; tras una Troika, un rescate, unos recortes y váyase a saber qué más, muchos de nosotros nos hemos preguntado, a lo largo de este viaje sin fin, dónde quedó la Izquierda.

Porque mirando a un lado y otro sólo vimos antaño la rosa marchita y el puño traicionero, salimos a las calles para tomarlas un 15 de mayo, un 22 de marzo, desesperados y solos en nuestro desamparo; porque esperando la defensa legítima de nuestros intereses sólo encontramos la estaca criminal de los grandes sindicatos, decidimos, todavía torpemente, hegemonizar nosotros mismos nuestras luchas para reclamar los derechos usurpados y exigir las libertades atropelladas. Y en todo este camino, cuando caminábamos cerca los unos de los otros y nos mirábamos los rostros indignados, contritos, nos preguntábamos en voz alta: ¿dónde está la Izquierda? Y fue así que conscientes de ello depositamos nuestras esperanzas y energías en la construcción necesaria de una nueva Izquierda.

Sin embargo hoy, triste es reconocer que seguimos entonando esta letanía con mayor resignación si cabe. Al borde de un colapso social, con la mayor corrupción conocida en nuestra historia reciente, sometidos como carne inútil a los altares del ansía desmesurada del capitalismo, vendidos por los que dijeron representarnos, por los que nos representan, a patronales, bancos y demás piezas mezquinas de este bodegón patrio que es la sociedad española actual, reconocemos ya la victoria de la nueva tropa naranja que el poder omnímodo fabricó como apoyo a este régimen del 78 que gestiona y administra España para sus españoles.

Ahora, la cuenta atrás está en marcha y no parece haber muchos signos de optimismo. Probablemente ya se hayan gastado muchas de las balas que en la recámara teníamos, mas todavía quedan ilusiones, deseos, anhelos, ideas, proyectos, programas…; pero sobre todo, queda más necesidad que antes de construir esa nueva Izquierda urgente. En adelante, cuando los grandes aparatos de la izquierda pongan en marcha sus maquinarias para los inmediatos procesos electorales, cuando el run run de las listas y su confección comience a crecer hasta dejarnos sordos, y de las palabras de los candidatos y candidatas salgan brillantes discursos que inflamen nuestros pechos, cuando veamos a nuestros líderes cual fieros caudillos, desde su posición en el partido, en las administraciones o en cualquier otro cargo o carguillo de poder que se ostente, enarbolando la bandera de la lucha y la transformación, apelando a una nueva era para la izquierda y a unas nuevas formas de hacer políticas de izquierdas, esperemos y exijamos que de las palabras bienintencionadas pasemos de una vez por todas a los hechos.

Este artículo, titulado ¿La nueva izquierda?, pretende ser una crítica sin paliativos hacia la virtud de la perversión en la Izquierda: perversión de la palabra izquierda y de los contenidos que violentan los continentes de nuestras ideas y de nuestra luchas; perversión de nuestra tradición de lucha; perversión de los programas y proyectos; perversión de las ilusiones depositadas en una urna convertida en caja oscura, opaca y cenagosa; perversión, en definitiva, de la izquierda.

Son muchos los casos que podrían señalarse, pero como estamos en Semana Santa (como para no enterarse), me quiero detener aquí, como paradigma de lo denunciado. Si la nueva Izquierda se entrega a las cofradías y a la Iglesia para convertir nuestra ciudad en una procesión absoluta, repudio esta izquierda. Si la nueva Izquierda permite, desde las instituciones, que las calles de nuestros barrios ofrezcan el espectáculo feudal de palcos y palios para señoritos, reniego de esta Izquierda. Si la nueva Izquierda se alía en su estrategia de defensa del fuerte y la plaza propia con aquellos que fueron antes la Izquierda hasta ser más papistas que el Papa, entonces es también parte del pasado y del problema, nunca de la solución; si la nueva Izquierda entiende que una vez que el sillón se ocupa, la acción pasa de la Transformación a la Gestión y la Administración, esta izquierda es ya tan antigua como los cargos dilatados, los nombres reiterados y las demagogias inflamadas; si la nueva Izquierda no tiene la dignidad para salir de una institución a su debido tiempo y con la cabeza alta, sigue siendo izquierda esquiva y traicionera, más de lo mismo.

Si en rigor se está construyendo, allá donde sea, la Izquierda del futuro, esta tendrá que ser irreverente, contra cultural, rebelde, desobediente, inflexible en sus máximas, leal a sus ideas, coherente a sus consignas, valiente en sus instituciones, llena de hombres y mujeres que no tengan nada que perder y aspiren a ganar la gloria utópica de nuestros próceres, sin importarles el peculio o la posición. Jamás podrá ser timorata, gestora de los programas del otro, decadente, servil y obediente. Jamás podrá contribuir con el otro, el enemigo, a hacer aún más ciego al miope. La nueva Izquierda tendrá que llevar en el frontispicio la máxima: Gobernar para Transformar. Nunca gobernar por gobernar. Transformar la sociedad en todos sus niveles: social, económico, político, intelectual, cultural…. Pues otra izquierda, y no es un capricho del autor de este artículo, no nos sirve para nuestros intereses y nuestros derechos, más bien al contrario, los mina hasta acabar creando adeptos al ideario equivocado, conversos en manos del infiel.

Fuente: Colectivo Prometeo