“De todos modos, mi querido Moro, voy a decirte lo que siento. Creo que donde hay propiedad privada y donde todo se mide por el dinero, difícilmente se logrará que la cosa pública se administre con justicia y se viva con prosperidad. A no ser que pienses que se administra justicia permitiendo que las mejores prebendas vayan a manos de los peores, o que juzgues como signo de prosperidad de un Estado el que unos cuantos acaparen casi todos los bienes y disfruten a placer de ellos, mientras los otros se mueren de miseria” [Reflexiones de Rafael Hitlodeo “Utopía”. Tomás Moro] .

Si buscáramos un ejemplo práctico que sirviera para visualizar la alianza “Altar/Trono”  omnipresente en la Historia -para nuestra desgracia- de nuestro país, bastaría con mirar los “[des] informativos” de cualquier hora. Da igual la cadena pues en la programación del Pensamiento Único practican la unanimidad.

En todas ellas (duopolio generalista, públicas al servicio del gobierno de turno, plataformas varias…) encontramos los elementos de difusión ideológica que apuntalan y conforman la Superestructura construida a lo largo de siglos por el Conservadurismo español.

Esa “conspiración de los ricos quienes, con la pretensión de administrar los asuntos públicos, persiguen únicamente sus fines privados e inventan todos los modos y artimañas que pueden encontrar … para poder conservar sin peligro todo lo que han adquirido de mala manera…” (Moro dixit) teorizada en el Renacimiento, desnudada por los pensadores del socialismo clásico marxistas/anarquistas y puesta al día en la trinchera contraria por Warren Buffet con la fórmula: “Hay una guerra de clases, de acuerdo, pero es la mía, la de los ricos, la que está haciendo esa guerra, y vamos ganando” sigue plenamente en vigor

Para lograr el anhelado control de mentalidades mezclan sin tapujos lo difuso y lo concreto, lo aparentemente inocuo y baladí con las cargas de profundidad ideológica para que cueste reconocer que estamos en marzo de 2018 y no en los albores del Nacionalcatolicismo, ochenta años atrás.

Si hace unos días vimos el ejercicio de mamporrerismo periodístico perpetrado por la presentadora Griso en su parcial entrevista a una pensionista Paquita que a sus 91 años sabe de coherencia y dignidad lo que nunca llegará a conocer la barcelonesa, podemos imaginar los improperios que las Brigadas mediáticas del Amanecer dedicarían si, en un ejercicio de “realidad al revés”, una jueza del Tribunal Superior del País Vaco, casada con un diputado abertzale tuviese que juzgar a unos guardias civiles coprotagonistas de un altercado en un bar al que un sector implicado califica de pelea y el otro de atentado y se rechazase recusarla porque su imparcialidad a la hora de tomar decisiones estuviese para los magistrados fuera de toda duda.

O que los Tribunales empezasen a encarcelar por comentarios despectivos e hirientes a quienes se mofan de las víctimas del Franquismo y asesinados en las cunetas, tras condenarlos a dos, tres, cinco años de cárcel por enaltecimiento de terrorismo y delitos de odio.

O estuviesen ya en prisión por haber intentado, siempre pacíficamente, poner en marcha como estado independiente -sin tener el apoyo de la mayoría de la población- la Quimera proespañola de Tabarnia mientras los gobernantes independentistas catalanes sorteasen sin complicaciones casos de corrupción, discos duros de la sede de CiU destruidos, listas de pagos ilegales a nombre de un tal C. Puigdemont al que nadie es capaz de poner cara e incluso el cuñado del “molt honorable president” pasease su tipito por Suiza pese a estar condenado a seis años de cárcel.

O que una visita de eurodiputados a lugares en los que cayeron asesinados víctimas de ETA fuese contraprogramada por organizaciones que apoyan al terrorismo, estimuladas por un cura afín llegando a increpar e incluso amenazar de muerte a los atónitos visitantes.

Pues todo eso ocurre hoy en España, basta con darle la vuelta al guión. Tenemos una juez casada con un alto mando de la Guardia Civil que decidirá, pese a las recusaciones, el destino penal de los encausados de Alsasua, a un carrusel de raperos y twitteros encadenando condenas tras la aplicación unidireccional (“Vista a la Izquierda Señorías ¡Arrr!”) de la ley Mordaza, a diputados catalanes encarcelados y a parlamentarios europeos insultados y amenazados de muerte tras visitar el Valle de los Caídos por nostálgicos del asesino dictador, convocados en el lugar con la excusa de una misa adelantada una hora. Entre los “facilitadores” de la cita, el abad del recinto y organizaciones de ultraderecha.

Marca España, sin duda. Es lo que tiene la IMPUNIDAD, así con mayúsculas. Un elemento central del tinglado es la Monarquía, basta con leer el papel clave en la actual situación de Felipe VI,  personaje no electo al que los exégetas justifican cargo y representatividad en aras de su inexistente imparcialidad. Hace años los mandamases del Sistema lo impulsaron como recambio ante la evidente caída de popularidad del Borbón emérito, una vez que al respetable dejaron de hacerle gracia el aluvión de cacerías, escándalos y amantes.

Al intento de saltar las vallas del Bipartidismo pese a estar erizadas de concertinas por una sociedad española espoleada por 15M, Mareas y Marchas de la Dignidad, la Oligarquía respondió con un doble repuesto en el ámbito político (potenciar a Ciudadanos ante la posible metástasis del PP y la flojera del PSOE) y en la Jefatura del Estado.

La primera apuesta no fraguó de inmediato pese a la inversión. Parece estar haciéndolo desde hace unos meses gracias al impulso que el tándem Cataluña/banderas ha dado al invento naranja, aunque todo dependerá si los viejos rockeros del PP al final son rocosos y graníticos resistiendo o se parecen a la UCD y terminan disolviéndose como azucarillos.

La segunda cuajó mejor desde el inicio aunque tras la deriva de los últimos años de Juan Carlos I, cualquier sucesor que introdujese cierta mesura en tanta desmesura tendría el viento a su favor.

Pero con el trascurso del tiempo se ha instalado en el heredero la creencia de que el peligro mayor ha pasado y las olas  de la contestación social entraron en reflujo, sustituidas por la atonía contestataria. Desde entonces el monarca ha abandonado el primitivo perfil plano para sacar a pasear su pensamiento. Continuador de una dinastía que hizo del intervencionismo en los asuntos políticos santo y seña, no ha tenido problema alguno para mostrar en público su ideología conservadora, abandonar cualquier ficción de “hombre integrador” para abanderar el “A por ellos” en el tema catalán y acudir a besar el pie al Cristo de Medinaceli para demostrar que la teórica aconfesionalidad del Estado (y por ende de quien ostenta la representación constitucional del mismo) no le quita el sueño.

Cuenta con que España siempre dará una abundante cosecha de espontáneos dispuestos a pasear en triunfo al gobernante de turno pese a que éste les acabe de recortar dos orejas y rabo. Todo sea por la “Fiesta Nacional”.

Casi finalizando la segunda década del siglo XXI, puede que quede poco de los genes de Fernando VII (ya se encargó la princesa napolitana Cristina de Borbón de buscar alternativa biológica) pero mucho de ese espíritu que le hizo ser “El Deseado” por el populacho del “Vivan las caenas”.

Donde se ponga una talla devocional que se quiten los corsés laicos y la neutralidad de los servidores públicos ante las creencias particulares.

Que sigan atiborrándonos de castiza y decimonónica ideología aunque nos la suministren por móvil de última  tecnología, siempre que los “fakes” de las redes sociales sirvan para mantener a raya la “funesta manía de pensar”.

Monarquía Nacionalcatólica 3.0. Eso debe ser la Modernidad.