Pues sí, soy de esa gente rara que se siente de una patria grande que es la humanidad y de una patria chica por la que siento orgullo, que está en un territorio milenario que actualmente conforma la comunidad de la Región de Murcia. No soy muy de banderas aunque tengo en mi corazón algunas y variadas: una de ellas es blanca, el color de la paz y la convivencia; otra es la de mi región, una región del sur, con muchas injusticias y desigualdades, pobre, precaria, abandonada y olvidada por todos los gobiernos de Madrid; otra es tricolor, la misma por la que fue fusilado mi abuelo en una tapia del cementerio de Espinardo, o por la que fue torturada, exiliada o encarcelada parte de mi familia.

La rojigualda nunca me ha puesto ni emocionado por sus connotaciones tristes y pasadas. Pero tengo que reconocer que las imágenes de personas juntas y abrazadas, unas con la rojigualda actual y otras con la estelada, me han emocionado, porque es la viva representación de que se puede convivir entre diversas comunidades e identidades y además en radical fraternidad y respeto.

En todo caso, lo reconozco, la rojigualda a solas, no me pone nada, ni me emociona, ni siquiera en los mundiales de baloncesto o fútbol, en los que sí me emocionan Gasol y Piqué, catalanes, por cierto. Porque en nombre de España y esos colores se han cometido muchas salvajadas y han llenado los rincones del país de muchas sombras, sufrimiento y sangre a lo largo de la historia. Cunetas aparte. El ultranacionalismo español ha sido uno de los nacionalismos más sanguinarios que ha parido Europa. Conviene leer todas las versiones de la historia para comprobarlo. A pesar de lo que diga un tal Vargas Llosa.

Hay otra España, con una historia de lucha conjunta por la democracia, la libertad, la justicia, la independencia y tantas cosas grandes que me llenan de orgullo. Una España cuyas gentes han sufrido guerras, exilios, hambre, destierros, hogueras de la Inquisición, migraciones, torturas, fusilamientos y un largo calvario en sus diversas formas.

Llegados a este punto, hay que recordar y reconocer que Cataluña fue posiblemente una de las    comunidades que más aportó en la lucha contra la dictadura franquista. También hay que recordar que la derecha catalana ha sido un soporte fundamental para el criticado y caduco régimen del 78. Posiblemente la enorme fortuna de los Pujol tiene mucho que ver con ese apoyo: no se pueden mover tales cantidades de dinero sin que los servicios de inteligencia y las cloacas del Estado lo detecten, incluso lo silencien durante varias décadas, como parece que así ha sido.

Sí, es raro esto. Nunca me he visto en la tesitura de pensar en clave de patria, pero con esta polarización, también hay cortinas de humo por ambas partes. Las emociones y sentimientos salen de las profundidades y sí, lo reconozco, soy español y además ahora no me da vergüenza decirlo con orgullo incluido. Porque las polarizaciones obligan a pensar y elegir, y puestos a elegir, digo alto y claro que hay una España de las luces y la inteligencia colectiva que hay que reivindicar y que sí nos representa a millones de personas. Es la España del 15M, que fue un ejemplo y una sorpresa mundial, con sus réplicas en las principales capitales del planeta; las luces de la marcha de la dignidad 22M, con miles de personas precarias e invisibles andando por las carreteras hacia Madrid, una ciudad que nos dio un recibimiento de solidaridad que ningún caminante podremos olvidar.

Ya que hablamos de Madrid, hay que recordarles a mis amigos ‘indepes’ –que los tengo y territorialmente variados– que Madrid no solo es el puto Madrid, es también el Madrid de Carmena, Marcelino Camacho y el proceso 1001, los abogados de Atocha, la clandestinidad, los presos y presas políticos antifranquistas en la famosa cárcel de Carabanchel, las inmensas y masivas huelgas en plena dictadura, las asambleas de barrios en el 15M o la Puerta del Sol llena de tiendas de campaña.

Sí, lo reconozco, me enorgullece formar parte de este país lleno de luces pasadas y presentes que han parido movimientos sindicales genuinos, como el que en su momento representaron las clandestinas Comisiones Obreras. O donde han nacido unos guerrilleros españoles de la Brigada 9 que fueron los primeros en entrar al París ocupado por los nazis. O ese movimiento social tan propio, que conozco muy bien, como la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, que ha sido y es un ejemplo de empoderamiento y auto-organización ciudadana frente a los bancos para todo el sufrido sur de esta Europa alemana.

Un país en el que ha nacido gente como Diego Cañamero, Ada Colau, Irene Montero, Serrat, Olga Rodríguez, El Nega, Miguel Ríos, Rosendo de Leño, Ana Belén, Sabina, Durruti, Manuela Carmena, Antonete Gálvez, los dos Pablo Iglesias y Errejón, Enrique Tierno Galván, Federica Montseny, Clara Campoamor, Antonio Machado, Marcelino Camacho y su compañera Josefina, Miguel Hernández o Federico García Lorca, entre tantos hombres y mujeres que han ido conformando nuestra actual identidad democrática. Es rotundamente un gran país. Conviene recordar que el dictador murió en la cama, pero al franquismo se le ganó en las calles y en las huelgas y ambas trajeron la democracia. Hay que releer la Transición dulce, porque no fue tan dulce.

El otro país de las sombras no puede vencer al país de las luces. Estamos viendo cómo renace un neofranquismo tan rancio, represor y antiguo como el de antes; un neofranquismo que se acompaña de aguiluchos y símbolos nazis, brazos hitlerianos cara al sol, y que promueve palizas en las calles y persecuciones de quienes no piensan como ellos. Esa España que nos avergüenza vuelve con inusitada violencia e intolerancia y el pueblo democrático no lo puede permitir. Queremos vivir en paz y en buena convivencia; no dejemos que vuelvan aquellos que sueñan con poder volver a ir a las casas de madrugada a por el contrario, como se hacía en unos tiempos pasados. Pero ya se sabe, el pasado es como un perro que siempre vuelve. Sobre todo si no existe memoria y tenemos una memoria muy frágil de lo que fue el franquismo… hay una memoria oral que se va perdiendo y una memoria publicada y estudiada, muy frágil también. El relato del antifranquismo no se conoce por parte de las nuevas generaciones: ni está en la historia oficial escrita por los vencedores, ni se explica en las escuelas, como así ocurre en Alemania respecto al nazismo.

Es cierto, Rajoy y su equipo son una fábrica de independentistas, los datos son los datos. De 400.000 votos independentistas legítimos que había, han pasado a dos millones en unos pocos años. Aznar y Rajoy son muy culpables de tal cosa. Pero los actuales independentistas catalanes son también otra fábrica de ultranacionalismo español. Ambas fabricas producen odio a todo lo que da la máquina, y ambas máquinas hay que pararlas y vestirlas de blanco. ¿Hablamos, platicamos, parlem?

Siempre es preferible una buena campaña electoral a una buena guerra aunque sea blanda. Siempre prefiero que se use la palabra antes que las porras y las escopetas.

El conflicto catalán se debe y puede arreglarse con métodos del espíritu siglo XXI –si es que este espíritu existe–, que todos y todas suponíamos que venía para que gozáramos de más derechos, más democracia y mejor vivir. Aunque, visto lo visto, parece que vamos para atrás. Ese supuesto espíritu de siglo XXI parecía que traía mejores tiempos, pero menuda entrada de siglo, dan ganas de volver a lo mejor del siglo XX si fuera posible. El caso es que, como dice Iñaki Gabilondo –nada sospechoso de intolerante, ni de persona extrema–, antes o después esto se arreglará votando. Esto es, un referéndum en Cataluña con pregunta clara y sencilla en el que quienes estamos por el ‘no’ a la independencia tengamos pleno derecho a defenderlo sin ser tachados de neofachas ni de ultranacionalistas españoles, ni que por defender el derecho a decidir, seamos reprimidos ni tachados de antiespañoles. España es una comunidad de comunidades y países muy diversa y plurinacional. También Cataluña es plurinacional, y no estaría mal que quienes se llenan la boca de Cataluña como si fuera exclusivamente suya, asuman que esta comunidad es también muy plural y con una diversidad que no cabe en una sola bandera ni en una sola identidad.

En fin, todo son luces y sombras con escala de colores y tonalidades e intensidades variadas. Ojalá las luces puedan con las sombras. Y no volvamos a tiempos pasados, repito, siempre es mejor una buena campaña electoral que una buena guerra. Siempre es mejor una buena plática que una buena porra. Luces: ¿dónde estáis? Venid ya, es urgente.

José Coy, miembro de la Mesa Estatal del FCSM.

Fuente: Colectivo Prometeo