Inutilidad, incapacidad o testarudez, son algunos de los calificativos que un lado y otro de la contienda catalana han cosechado en los últimos tiempos. Y si bien es cierto que han hecho méritos para cosechar múltiples calificativos, los anteriores no son merecidos ni exactos.

Que la deriva catalana, por acción de unos y otros, viene ya desbordada desde hace tiempo, no es un hecho a descubrir; y que la actuación de los dirigentes que directa o indirectamente han tomado partido en este asunto deja mucho que desear, tampoco es algo difícil de observar. Pero de ahí a pensar que las estrategias desarrolladas por un frente y otro sean tontas, empecinadas o de ignorantes, es un síntoma de simplificación simplona, válgame la redundancia.

El nacionalismo catalán, otrora tercera pata del constitucionalismo español surgido del 78, vio desde hace años que la única forma de mantener su status quo dentro de la sociedad catalana pasaba por polarizar a esta sociedad bajo la premisa del independentismo y del odio al españolismo, entendido esto último como una amalgama de no sé sabe qué cuestiones. Así, a la par que reforzaban ideas y sentimientos patrióticos catalanes y utilizaban todos los medios a su alcance para robustecer el carácter y el ser catalán, fueron construyendo un discurso degradante del resto de España que se acompañaba de intervenciones públicas que ponían el énfasis en la demonización de lo “ajeno” frente a la sacralización de lo “propio”.

Esta estrategia obedecía, y obedece, a la grave situación en la que la burguesía catalana quedó tras cuarenta años de democracia y de gobiernos nacionalistas catalanes trufados de desmanes, injusticias, atropellos de derechos, desigualdades y corrupción. No podemos obviar que estos fueron en su día adalides de la represión policial, económica y social contra el mismo pueblo catalán al que gobernaron legislatura tras legislatura y que ahora ensalzan como nación, a la par que configuraron un estado nacional corrupto constituido en base a redes clientelares al servicio de un sector concreto de la sociedad catalana. Cataluña, o mejor dicho, la sociedad catalana, no se ha librado de los mismos males que han aquejado a la mayoría de españoles y europeos, pues los ha ido reproduciendo con las mismas constantes que en el resto de los territorios. Así, hoy la voz del independentismo catalán aparece monocolor en muchas de sus gargantas, concentrándose, en muchas ocasiones, en la sola faceta del “boti, boti,boti, espanyol el que no boti”, ofreciendo así los intestinos del pueblo a la rapiña burguesa catalana.

Del otro lado, el nacionalismo español. Encarnado en las filas del PP y secundado muy de cerca por Ciudadanos y otras voces menos numerosas pero no menos agresivas, este nacionalismo hispano ha tejido un relato también forjado al calor de lo opuesto. Desde años, las instituciones gubernamentales, las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado, las instituciones judiciales, los medios de comunicación del sistema, y las voces autorizadas, han establecido un fortalecimiento del ser español construyendo un relato en torno a antagonismos cuyo paradigma tuvo su máxima expresión el pasado 1-O. Como si de una disputa de patio de colegio se tratara, frente al grito del independentismo se ha plantado otro grito más alto, en la medida en que el aparato del estado jugaba a su favor, que apelaba al nacionalismo español. Pero esta estrategia, al igual que en el caso catalán, obedecía y obedece a cuestiones bien calculadas y estudiadas. Ayer, el partido del gobierno era un partido acosado por la corrupción, la desigualdad, la precariedad laboral y las injusticias palmarias que a “su” pueblo español había infringido. Ley tras ley, decreto tras decreto, medida tras medida. Estos – los nacionalistas españoles- no dudaron en ejercer toda la violencia de que el Estado en su manifestación más weberiana es capaz. Y aquí conviene recordar que la violencia no sólo es física. Lo que ayer fue en Cataluña contra el pueblo catalán, ha venido siendo contra el pueblo español (catalanes incluidos) en épocas anteriores, pero no tan pretéritas (Ley mordaza, represión de manifestaciones, ruptura y violentación de los marcos legales existentes,…), y todo con el Estado como censor y represor. Pero hoy, este mismo partido y sus adláteres son más fuertes. Al grito de el “a por ellos” o del “yo soy español”, han situado el complicado relato de nuestros días en una dicotomía que sitúa a los buenos de un lado de la frontera y a los malos del otro.

No son tontos, ni ineptos, ni ignorantes. Han estudiado y meditado mucho la cuestión, y para ello han mirado la historia de nuestro pueblo interpretándola de la manera que más les conviene, que es reproduciéndola. Su estrategia “inteligente” pone el énfasis en el nacionalismo, esa forma primitiva de repliegue hacia dentro que convierte la compleja realidad en un mapa fronterizo con vaqueros e indios, y que aporta como solución el estás conmigo o contra mí, el “vivan las caenas”, que no entiende de idiomas. Y en ese ecosistema es en donde mejor se desenvuelven las posiciones conservadoras, con un repliegue interno que nos lleva hacia los instintos más primarios y que les permitió y les permitirá, de no remediarlo, conservar su posición en el mundo. A eso es a lo que juegan.

Haríamos bien, por tanto, en estudiar y conocer esa misma historia, en enfocar el problema con las herramientas y ejemplos anteriores de que disponemos, y en hacer una interpretación a favor de nuestros intereses, que nos enseñe a no repetir los mismos errores pasados que amenazan cercanos para no volver a convertirnos en vencidos, y para no volver a convertirlos en vencedores. Para ello, debemos mirar el problema catalán con nuevos ojos: no como una lucha entre naciones que se alimenta de la energía sulfurosa que emanan los nacionalismo y que confunde en su lodazal de blancos y negros, si no como una lucha de clases que tiene lugar por doquier, como en tantos otros momentos de la historia, y que pone en el escenario a los mismos actores en un lado y otro. Merece la pena pues, interpelar a nuestros camaradas catalanes, a la CUP, a ERC, a sus fuerzas sindicales, y en definitiva a todo ese movimiento social que hoy se levanta contra el estado español, y que con ello pretende dar un nuevo futuro a la clase trabajadora catalana, para que se alinee y coaligue con el resto de la clase trabajadora española y su movimiento. Pues,

“sería una grandísima desgracia histórica, si el proletariado catalán, cediendo a la efervescencia, a la fermentación del sentimiento nacional, se dejase arrastrar en una lucha decisiva antes de haber podido ligarse estrechamente a toda la España proletaria.La fuerza de la Oposición de izquierda, tanto en Barcelona como en Madrid, podría y debería elevar todas estas cuestiones a un nivel histórico (…)”. Carta de L. D. Trotsky a Andreu Nin (23 de abril de 1931).